viernes, 6 de julio de 2012

Hemingway en la actualidad (A Christian)

A veces me pregunto de qué habría hablado Hemingway de haber llegado hoy a España. ¿Habría escrito sobre los toreros actuales? Lo dudo mucho. Me temo que desde el momento en que se generalizó el uso de la penicilina y se perfeccionó la técnica quirúrgica, haciendo casi imposible que un diestro muera en el ruedo o a consecuencia de sus locuras en él, la “fiesta” perdió todo el atractivo que pudiera contener para un vitalista desencantado.

¿Hubiese hablado entonces de futbolistas? Tampoco. Puede que Iniesta, Casillas y compañía hayan heredado en la España actual el espacio que la épica patria siempre ha reservado a los que consiguen éxitos fuera del alcance de la masa, pero no se juegan la vida en el campo ni su actividad está revestida de más honor que el que ampara a un niño que se tira por los suelos para empujar canicas.

Quizá los ciclistas habrían podido presentarle cierto atractivo; pero no los triunfadores bajo la eterna sospecha de haberse dopado, sino los gregarios más bajos, los que funden la piel de sus caras a su calavera para poder dar de comer a una familia analfabeta que les espera medio año en un pueblo polvoriento de Cuenca o Álava deseando que, una o dos veces al mes, llegue alguna conferencia al teléfono de la plaza. Y de ésos ya no quedan.

¿De qué hubiese hablado entonces? No tengo ni la menor idea. La gente ya no se refugia hasta las tantas detrás de un café para olvidar que el sueño es necesario para volver a trabajar al día siguiente y regresar a la soledad del café la noche siguiente. La gente que a Ernest le parecía pintoresca se queda en su casa viendo la tele. La España que él conoció sólo sobrevive como tópico atrincherado en unos pocos nichos con forma de cerebro a los que ni siquiera llega la luz del sol. Los problemas e inquietudes que puedan turbar la tranquilidad de un español medio se parecen muchísimo a los de un francés o un lituano, ya no existe una peculiaridad que dote a este país de la personalidad suficiente como para intrigar a un genio.

Mishima dejó escrito que forzó su suicidio porque Japón había perdido su espíritu: el país de la espada y el crisantemo había escondido la espada en algún sitio del que se había olvidado y se dedicaba a exhibir la flor con ridículo amaneramiento, y a él le resultaba insoportable. No creo que ningún amante sincero de España, si es que los hay, llegara en la actualidad a quitarse la vida porque los bodegueros o los productores de jamón se paseen por ahí con corbatas de marca, así que no tengo ni la más remota idea de qué hubiese hecho Hemingway ante este panorama.

Lo cierto es que tampoco importa: Hemingway era un perfecto genio, un eterno aprendiz y un fugitivo de sí mismo y de lo que le rodeaba. Su estilo es fácilmente imitable; pero en un sentido estricto resulta inimitable, porque cualquier intento de emulación acaba resultando grotesco. Pero ni Hemingway ni Henry Miller ni Dos Passos ni Faulkner ni Steinbeck ni Algren ni Capote hubiesen dispuesto hoy en día de la más mínima posibilidad de publicar sus obras sin pagar por ello, y ninguno iba a pasar por semejante humillación. (Bueno, quizá Capote sí, porque era mucho más listo que genial.)

miércoles, 30 de mayo de 2012

Conversaciones con Rebeca

Hace un par de semanas tuve el privilegio, dentro del honor que ya supone verme embarcado en este proyecto, de entrevistarme en persona por primera vez con la doctora Rebeca Swansbrot. Si las conversaciones que hasta ese momento habíamos mantenido por vía telefónica ya me sumían en un estado dolorosamente reflexivo que hacía casi imposible mi trabajo, ser testigo de cómo unas palabras tan instructivas podían salir con semejante fluidez, cadencia y sencillez de una boca tan humana como la mía me hipnotizó. Cuando Rebeca habla, habla una sibila relajada.


"El arte no tiene absolutamente nada que ver con el esfuerzo", me dijo. "Pensemos en Miguel Ángel, por poner un ejemplo conocido. Todos, o eso me gustaría pensar (ríe), hemos oído hablar del esfuerzo inhumano que le supuso concluir sus frescos de la Capilla Sixtina. La prueba de que su esfuerzo fue inhumano está en el hecho de que le acabó costando vida, es decir: que su esfuerzo destruyó a un ser humano. (Ríe de nuevo mientras enciende uno de sus cigarrillos de marca desconocida hasta ese momento para mí.)A mí me gusta decir en mis clases que se comportó como una abeja, que muere cuando da lo mejor de sí misma: todo el veneno que lleva acumulando durante su existencia. Pero, bueno, puede que incluso le hayamos visto, en alguna película o en algún documental televisivo, encaramado a un precario andamio para pasarse pintando horas y horas seguidas sin prácticamente comer ni beber. Sigue siendo un misterio para mí cómo se las apañaba para excretar. ¿Tiene mérito ese sacrificio tan extraordinario? ¡Desde luego que lo tiene! Pero mucho más mérito hay que concederle al hecho de que esas imágenes surgieran en su cabeza. A Miguel Ángel tenemos que agradecerle hasta la muerte que se tomara tantas molestias por sacarlas de allí, pero de ningún modo debemos admirarlo por eso. El esfuerzo no lleva a nada cuando se carece de genio, se lo aseguro. El esfuerzo por sí solo es incapaz de crear nada y una obra maestra puede ser creada sin apenas esfuerzo. Pienso en nuestra sociedad... En contra de lo que se dice, y precisamente porque se dice, el poder del esfuerzo está terriblemente sobrevalorado. Cuántas veces a lo largo de nuestra vida hemos oído alabar el esfuerzo dedicado por artistas principiantes que acaban obteniendo resultados menos que mediocres..."


...Y, por suerte para mí, siguió hablando durante horas; pero no es cuestión de reventar aquí el volumen que tantísimo esfuerzo me costará componer con los pensamientos que tenga a bien ir regalándome. Ella fuma y bebe su armagnac al sol de una terraza mientras yo sudo la gota gorda tratando de atrapar sus palabras en notas de trabajo. En el fondo, creo que me es lícito pensar que empleó esta primera sesión presencial para ponerme en mi sitio de mero factor.


En fin, quedémonos con su imagen atractiva de mujer que ha vencido al mundo en todas sus manifestaciones mientras contempla mi veneración con descarada condescendencia.

martes, 27 de marzo de 2012

La mascarada eterna

Hoy he comprendido —como tantas otras cosas, demasiado tarde— que no era sólo yo el que trataba de ofrecerle una imagen de mí que encajara con la que me había formado de ella sin más fundamento que ciertos indicios físicos y todo mi abanico de prejuicios, sino que —guiada probablemente por directrices tan poco sólidas como las mías— ella también se esforzaba en presentarme lo más aproximado a la mujer que ella consideraba que yo me había creado en mi interior.

Puede que, entre unas cosas y otras, nuestros encuentros jamás pasaran de ser un ridículo baile de máscaras al que sólo acudían dos personas, quizá incluso ataviadas con un disfraz equivocado para la ocasión. Era inevitable que la fiesta acabara mal: nadie es capaz de abandonarse por completo al placer cuando su ropa le roza o le aprieta. Y lo más terrible es que esta conclusión no traerá absolutamente ningún beneficio: asistiremos a otras mascaradas y sólo la muerte determinará cuál ha sido la última.

sábado, 17 de marzo de 2012

Fragmento de "La esperanza", por André Malraux (1937)

En América del Sur, señor Scali -una bocanada-, por la mañana -otra bocanada- hay en el bosque un gran clamor de monos: y la leyenda dice que Dios les ha prometido en otros tiempos hacerlos hombres al amanecer; esperan cada amanecer, se ven siempre engañados y lloran por todo el bosque.

Hay en el hombre una esperanza terrible y profunda. El que ha sido injustamente condenado, el que ha encontrado en demasía la estupidez, o la ingratitud, o la cobardía, tiene que retirar su apuesta... La revolución desempeña, entre otros papeles, el que desempeñaba en otros tiempos la vida eterna, lo que explica muchos de sus caracteres. Si cada cual se aplicara a sí mismo la tercera parte del esfuerzo que hace hoy por la forma de gobierno, vivir en España sería posible.

jueves, 25 de agosto de 2011

Indignados a destiempo

Hace unos meses surgió, aparentemente de la nada, una especie de movimiento ciudadano insatisfecho con la marcha del sistema. En aquel momento tuve mis reservas a la hora de apoyarlo, porque no acabé de entender muy bien ni sus motivos ni sus objetivos ni sus métodos. Con el tiempo se evidenció que tal movimiento no era sino otro síntoma del verdadero problema social: la simplicidad. Una parte de la sociedad saltó cuando vio sus intereses atacados, sin preocuparse por comprender que los motivos de tales agresiones eran por completo legítimos de acuerdo con una legislación contra la que no sólo no protestaron en el momento de su aprobación, sino que avalaron y promovieron con su voto y sus actuaciones.

Ahora mismo nos encontramos ante un verdadero motivo para indignarse: los dos partidos mayoritarios han pactado una reforma de la Constitución que supone un verdadero golpe de Estado encubierto. Limitar en la ley fundamental la capacidad del Estado para generar déficit significa limitar su capacidad de influir en la economía nacional equilibrando tendencias. Es así de sencillo: supone convertir un estado social y democrático de Derecho —tal y como estipula el artículo 1 de la CE— en un Estado neoliberal en el que la libre deriva del mercado irá carcomiendo rápidamente todas las correcciones que, en beneficio de la igualdad y de la justicia social, se han ido introduciendo a lo largo del pasado siglo. ¡Y esta reforma se piensa llevar a cabo sin contar con la opinión pública que en su día otorgó legitimidad al Estado por medio de un referéndum! (Sin embargo, hoy he salido a la calle y no he visto hordas de exaltados marchando antorcha en mano contra el palacio de invierno ni a nadie tirado en ninguna plaza.)

Se aduce como motivo la necesidad de “calmar a los mercados”. Esta razón, con todos los respetos, no es más que una sandez. En primer lugar porque “los mercados” no son una especie de entes malignos salidos de las sombras infernales, sino los campos de juego creados por las leyes de los propios Estados en los que los agentes económicos —entre ellos ciudadanos particulares— compran y venden. La mayor parte de esos temibles movimientos especulativos que pretenden estar haciendo temblar las bases de nuestra civilización están protagonizados por fondos de inversión en los que pequeños jugadores —como su tía o su abuelito— han depositado sus ahorros. Si es usted un Estado o un ente supranacional como la Unión Europea y desea que “los mercados” no hagan algo, prohíbaselo. Puede hacerlo: es usted soberano.

En segundo lugar, los llamados “ataques” no son más que movimientos especulativos sobre la deuda soberana de una serie de Estados que han sido lo suficientemente valientes como para embarcarse en la maravillosa aventura de compartir una divisa, pero no han tenido agallas para ceder una cuota de soberanía suficiente como para crear órganos supranacionales que defiendan la firmeza de la moneda común. (Es decir: Blair, Chirac, Berlusconi, Aznar, Schroeder y otros que poco pintaban nos dieron unos billetes preciosos, pero se negaron a crear un proyecto común que les dotara de sentido.) Nuevamente puede usted cambiar las leyes; pero si le da pereza o no se siente capacitado intelectualmente para ello, existe una solución más sencilla: reduzca la deuda pública.

Un ente público puede financiarse, fundamentalmente, de dos maneras: imponiendo tributos y emitiendo deuda. A finales de los años noventa se puso de moda bajar los impuestos, en unos casos porque “era reformista” y en otros porque “era de izquierdas”. La realidad es que reducir la presión fiscal siempre es rentable electoralmente. El problema es que hay que pagar pensiones, las carreteras tienen que repararse, las farolas deben lucir por la noche, los colegios han de abrirse todos los días y algún enchufado quiere rodar una película o grabar un disco de vez en cuando, así que seguimos necesitando dinero y, como recaudamos menos porque queremos salir reelegidos, emitimos deuda.

La solución, por lo tanto, y dando por descontado que nadie va a crear un Estado Europeo de la noche a la mañana —y así llevamos desde Waterloo—, pasa por una profunda reforma del sistema financiero al completo, creando una baraja de tributos más justa y eficaz y revisando cada partida de los diferentes presupuestos, para eliminar gastos absurdos y suntuarios y centrarse en criterios de eficiencia, empleando el dinero público en crear una verdadera base de estado social, que garantice sanidad, educación, seguridad en el sentido más amplio, agilidad administrativa, asistencia social e infraestructuras de calidad para todos los ciudadanos y que a la vez deje un campo libre para que la iniciativa privada pueda volver a generar riqueza. Es algo sencillo desde un punto de vista teórico, aunque arduo y —quizá— costoso electoralmente; pero si nuestros representantes nos están contando la verdad y no existe ningún problema oculto, se antoja perfectamente posible. Para empezar, estaría bien introducir en la Constitución un tope a la deuda soberana a emitir. ¿Qué opinarían de eso los terribles mercados?

lunes, 1 de agosto de 2011

Mujeres locas

Muchas mujeres están locas, y cuando pasan de la treintena el porcentaje aumenta.

He conocido a varias que respondían al mismo patrón, pero recuerdo a una en especial. Su caso era una verdadera lástima, porque inteligente sí que era y además contaba con dos tetas muy apetecibles. Sin embargo, aquellos bultos eran frutos prohibidos. Intuí que el precio a pagar por atrapar esos pezones con los labios iba a ser eterno y abusivo hasta límites intolerables. De un cruce con ella, lo mismo podía conseguir ser objeto de una persecución hasta la muerte que el hecho de tener que cargar con su suicidio sobre las espaldas. Era una de esas chicas a las que perfectamente te puedes imaginar desangrándose por las muñecas en una bañera, o sudando con el estómago lleno de lexatín y ron o cualquier otra cochinada. Es curioso que siempre sean otras las que se acaban decidiendo…

Normalmente se suicidan y triunfan en el intento las que menos nos esperamos. Imagino que acaba resultando mejor para la salud convivir con la desgracia o la depresión que verse sorprendido de repente por un golpe trágico. A todo acaba acostumbrándose el ser humano, también a la pena. La vida es una paradoja constante, incluso cuando se trata de traspasarle los poderes a la muerte.

Sabía que le gustaba a esa chica lo suficiente como para que un golpe de mi pene desequilibrase la delicada estructura de su personalidad; y, por algún extraño motivo —cuyo principio activo convendría aislar en busca de la droga de la sabiduría—, fui capaz de no lanzarme a saquear ese escote.

Luego uno se arrepiente… Se arrepiente tanto de los polvos que echa como de los que no echa, y en este caso no sé qué es peor. Me temo que en disciplinas como las relaciones sexuales, los tópicos generales no valen de mucho.

martes, 17 de mayo de 2011

Haciendo capa

Hay veces en que da exactamente igual para qué lado se reme, la barca avanza por donde le sale de la quilla. Cuando tocan mal dadas, tocan mal dadas y así estarán tocando hasta que se cansen de hacerlo. Conviene arriar todas las velas y encerrarse en la bodega a esperar que pase la furia mientras se bebe vino y se juega a las cartas. No es muy recomendable luchar contra una tormenta.

Las vidas también tienen sus tormentas. Unas veces llegan de forma aislada, y otras les da por configurar una verdadera estación de lluvias. A mí también me ha tocado a veces ser azotado por el monzón, pero la verdad es que acaba dando igual. Ya me he hartado de discutir con mi vida: que haga lo que quiera. Lo único que siento es que al final siempre me acaba arrastrando a mí.

Tampoco es culpa suya... Las desgracias salen del aire. Hace un momento no estaban aquí, y de repente te están mirando con su cara cínica. Dan ganas de reventársela... Malditas desgracias, he aprendido a verlas venir. Empiezan con una especie de remolino rosa que gira en medio del aire sin apenas hacer ruido. Mucha gente jamás se ha fijado en ello, lo sé; pero las cosas son así. Y cuando aparece el remolino, lo primero que te inspira es una especie de curiosidad divertida: ¡a ver qué nuevo regalito me hace la vida! No sé cómo llamarlo... Ironía franciscana o algo así.

Lo peor es que cuando te quieres dar cuenta, el pulpo ya te ha cogido del cuello y la cosa pierde la poca gracia que pudiera tener. Los segundos cambian de color: antes del remolino eran morados y nos gustaban mucho, eran de un tono amoratado realmente bonito; después son amarillos y llevan el estampado de una avispa preñada. Y ya no hay quien descanse.

No luchéis contra la desgracia: es una guerra perdida que os hará más desgraciados aún. Tratad de mirar hacia otro lado con segundos de algún color agradable (para estos casos recomiendo verde lima o azul índigo) y esperad a que se canse de llover. A la lluvia, como a cualquiera, no le motiva actuar sin público.