jueves, 16 de diciembre de 2010

Guiños etruscos

En Roma está Villa Giulia, y dentro de ella, en una pequeña habitación con una altura de dos plantas, protegido únicamente por una cámara de televisión, el sarcófago de los esposos. Debe de haber pocos lugares en el mundo tan mágicos como esa sala, casi siempre vacía. Ni siquiera el vigilante se deja ver por allí. Se diría que los directores del museo han querido concederle al visitante unos minutos de intimidad con la voz del pasado.

En esas dos inquietantes sonrisas etruscas es posible vislumbrar la esencia del hombre occidental, que bien podría consistir simplemente en una ambigüedad irresoluble. Uno no sabe si se halla en presencia de una pareja de cadáveres o si se encuentra en los preliminares de un juego erótico con un matrimonio achispado. ¿Están celebrando la muerte o están honrando la vida? Sea como sea, puede apreciarse en sus gestos una clara invitación personal a compartir algo; aunque ignoremos si finalmente nos han reservado sus intimidades conyugales o su condición de difuntos. Es imposible adivinar la aceptación de cuál de las dos propuestas les reportaría más satisfacción. En cualquier caso, bastan unos segundos de silencio en su presencia para experimentar hasta el pánico la atracción de un abismo desconocido.

Es obligatorio sentir envidia hacia esos dos mensajeros de las memorias perdidas, aunque no seamos dignos de conocer los motivos de tal sentimiento. Quizá consista en su felicidad calmosa; puede que en su condición de supervivientes a la muerte... Lo cierto es que abandoné la estancia a regañadientes, con la angustiosa duda de haber perdido la oportunidad de unirme a ellos con el sencillo gesto de introducirse en su tumba. No se está tan mal ahí detrás, ¿verdad?

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